Cine de terror
El cine de terror es un género cinematográfico que se caracteriza por su intento de provocar en el espectador sensaciones de pavor, miedo, disgusto y horror. Sus argumentos frecuentemente envuelven la intrusión de alguna fuerza, un evento o personaje malignos muchas veces de origen sobrenatural.

Características
El género de terror bebe de las fuentes de otros medios anteriores. Por una parte, de la novela de terror nacida a mediados del siglo XVIII o incluso anterior, como el tema del vampirismo. Por otra, de la tradición oral, desarrollada en las sociedades rurales. De allí salen los recursos más utilizados en las películas de este género: los vampiros, el hombre lobo, las réplicas humanas o Frankenstein.

Este género todavía tiene más señas de identidad, como la iluminación, inspirada en la pintura romántica alemana del siglo XIX, caracterizada por el uso frecuente del claroscuro, los contrastes de colores y la penumbra. Los espacios o escenarios más visitados: el castillo, las ruinas, el laboratorio lúgubre, el bosque, el jardín decadente, que han terminado siendo el catálogo de lugares comunes.

Por tanto el género de terror nace de aspectos míticos ligados a las creencias populares y a temores nacidos en contextos socioculturales muy precisos. Y es por eso que el publico se siente atraído hacia este tipo de películas: por los estímulos emocionales insólitos e intensos, que son raros en su rutina diaria. Proporciona un aceleramiento cardíaco y respiratorio que por lo general termina en un desahogo final.

El motor sensacionalista en estas películas es precisamente la crueldad y esto explica que la progresiva competencia comercial en el mercado haya generado una escalada de crueldad en el género en los últimos años.

Lo oculto es lo que define al cine de terror como género. Tanto a nivel arquetípico como en el escenográfico. Sirve tanto para referirse a la totalidad temática del cine de terror , como para caracterizar su puesta en escena, siempre tendente a ocultar información visual, ya sea a través de la exacerbación engañosa del decorado, la fotografía, el maquillaje, etc., o por el medio de la más pura y simple privación de los elementos implicados, como en el fuera de campo, la interposición del personaje, etc.


Clasificación
El cine de terror es un género rígidamente codificado por la industria y que a su vez posee muchos subgéneros, cada uno con sus reglas propias, y sometidos a normas bien precisas que raramente son intercambiables entre subgéneros.

De entre todas las variantes de las películas aparecidas, se podría sacar una posible clasificación

Las preguntas sobre el más allá que han generado toda la serie de zombis, momias, vampiros etc.
El miedo a la tiranía, escenificado por la relación del Conde Drácula con sus súbditos o el temor ante la fuerza prepotente de los monstruos, como es el caso de King Kong.
La pérdida de identidad, como La invasión de los ultracuerpos (Don Siegel,1956), donde unos seres ocupan los cuerpos suplantando la personalidad de sus víctimas, la posesión de la protagonista del El exorcista (William Friedkin,1973) por el demonio o la transformación del Dr Jekyll en Mr Hyde.
Lo monstruoso, como aparición de la anormalidad que alarma y atemoriza, tiene su mejor ejemplo en "Frankenstein".

Evolución e Historia
La primera película de terror fue realizada en 1902 por Wallace MacCutcheon dirigiendo una versión del mito de Frankenstein. Durante el cine mudo aparecieron otras películas como El jorobado de Notre-Dame (Wallace Worsley, 1923) o El fantasma de la ópera (Rupert Julian, 1925).

El siglo XX conoció desde muy pronto excelentes cultivadores del miedo. En los primeros años, quizá el más importante sea el director F. W. Murnau (1889-1931), responsable de la lóbrega y expresionista Nosferatu (1922), película basada en el Drácula de Bram Stoker. El famoso vampiro transilvano ha conocido decenas de versiones a lo largo del siglo XX. Son destacables la neogótica (basada en Murnau) a cargo del alemán Werner Herzog (1979), y la espectacular puesta en escena del norteamericano Francis Ford Coppola en los años noventa.

En los años 30 dominó el cine de monstruos. Se produjeron obras maestras, nunca superadas, del género como Frankenstein (de James Whale, 1931), La parada de los monstruos (de Tod Browning, 1932) y la muy alabada King-Kong (de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933).

Si se habla de cine de terror, no se puede pasar por alto a la productora británica Hammer, que a lo largo de los años 50, 60 y 70 desencadenó una avalancha de películas del género, algunas de gran calidad, como La maldición de Frankenstein (1957), Drácula (1958) y La Momia (1959). Su director estrella fue el inglés Terence Fisher.

También debe recordarse al norteamericano Roger Corman (n. 1926), director de serie B especializado en la adaptación, quizá en exceso libre y colorista, de relatos de Edgar Allan Poe: House of Usher ('La caída de la casa Usher', 1960), The Pit and the Pendulum ('El pozo y el péndulo, 1961), Premature Burial ('El entierro prematuro', 1962), Tales of Terror ('Cuentos de terror', 1962) The Raven ('El cuervo', 1963), The Masque of the Red Death ('La máscara de la Muerte Roja', 1964) The Tomb of Ligeia ('La tumba de Ligeia, 1964), entre otras. Todos estos filmes, salvo Premature burial, fueron protagonizados por el actor especialista Vincent Price (1911-1993).

Otros actores legendarios del género: Béla Lugosi (1882-1956), Boris Karloff (1887–1969), Lon Chaney Jr. (1906–1973), Peter Cushing (1913–1994) y Christopher Lee (1922).
Alfred Hitchcock, considerado un maestro del cine de terror y misterio, es autor de por lo menos dos cumbres del terror moderno: la película de terror psicológico Psicosis (1960) y la de terror naturalista Los pájaros (1962).

Fenómeno digno de estudio es la filmografía catastrofista y apocalíptica, tanto japonesa como norteamericana, que surgió en los años 50, 60 y 70 con motivo de la llamada Guerra Fría: Godzilla (1954), de Ishiro Honda, Vinieron de dentro de..., (1975), del muy apreciable director especialista del género David Cronenberg, La invasión de los ultracuerpos (1978), de Philip Kaufman. Años antes, en 1968, George Andrew Romero había estrenado La noche de los muertos vivientes, película con la que aportó otro tópico: el de los "zombis" o "zombies". Estos, al igual que el hombre lobo, forman parte de las leyendas populares, pero no habían sido demasiado frecuentados por los autores románticos. El terror contemporáneo, en cambio, los aborda sin el menor matiz romanticista, procurando lograr el puro efecto del terror en el lector o el espectador.

Los años 80 estuvieron acaparados por los seriales de "terror adolescente", filmes sin grandes pretensiones artísticas aunque sí económicas, dirigidos a un público muy determinado. Esta modalidad sigue abarrotando salas en nuestros días. En 1980, se estrenaría "Friday the 13th", de Sean S. Cunningham, comienzo de una saga de películas en las que el gestor terrorífico es un salvaje asesino que actúa en la oscuridad. De 1984 es la primera entrega de Pesadilla en Elm Street, de otro especialista, Wes Craven. La precursora había sido Halloween (1978), de John Carpenter, director también muy proclive al género.

La mixtura de terror y ciencia ficción transitada por Lovecraft reaparece con la excelente Alien (1979), de Ridley Scott, que narra la terrorífica lucha contra un monstruo indestructible a bordo de un carguero espacial. El filme dio origen a varias secuelas.

Una nueva veta explotada por el terror moderno ha sido la de los poderes paranormales. Un hito en ese terreno fue el filme Carrie (1976), basado en la novela del mismo título firmada por Stephen King, del director cinematográfico Brian De Palma, quien posteriormente incursionó en el terror psicológico con Vestida para matar (1980).

No deben olvidarse otros grandes hitos del cine de terror de calidad surgidos en el último tercio del pasado siglo: La semilla del diablo (1968), de Roman Polanski, El exorcista (1973), de William Friedkin, La matanza de Texas (1974), de Tobe Hooper, La profecía (1976), de Richard Donner, El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, El silencio de los inocentes (1991), de Jonathan Demme, y, más reciente, lanzada muy astutamente a través de Internet, El proyecto de la bruja de Blair (1999), de los jóvenes Daniel Myrick y Eduardo Sánchez.

El inicio del siglo XXI ha conocido una verdadera explosión de cine de terror asiático, con cintas nada desdeñables como la japonesa The ring (1998, de Hideo Nakata), que muy pronto ha conocido diversas versiones y secuelas.

 
La literatura gótica es un género literario relacionado estrechamente con el de terror y subsumido en éste, al punto de que es difícil diferenciar uno del otro. De hecho, no puede decirse que existiera el género terror hasta la aparición del terror gótico.
El adjetivo gótico deriva de que gran parte de estas historias trascurren en castillos o monasterios medievales. En sentido estricto, el terror gótico fue una moda literaria, fundamentalmente anglosajona, que se extendió desde finales del siglo XVIII hasta finales del siglo XIX, como reacción al Racionalismo. En la literatura de terror moderna los viejos arquetipos no desaparecieron totalmente.

El movimiento gótico surge en Inglaterra a finales del siglo XVIII. El renacimiento del gótico fue la expresión emocional, estética y filosófica que reaccionó contra el pensamiento dominante de la Ilustración, según el cual la humanidad podía alcanzar el conocimiento verdadero y obtener felicidad y virtud perfectas; su insaciable apetito por este conocimiento dejaba de lado la idea de que el miedo podía ser también sublime.

Las ideas de orden de la Ilustración van siendo relegadas y dan paso a la afición por el gótico en Inglaterra y así se va abriendo el camino para la fundación de una escuela de la literatura gótica, derivada de modelos alemanes.

Las narrativas góticas proliferan entre 1765 y 1820, con la iconografía que nos es conocida: cementerios, páramos y castillos tenebrosos llenos de misterio, villanos infernales, hombres lobo, vampiros, doppelgänger (transmutadores, o doble personalidad) y demonios.

Los ingredientes de este subgénero son castillos embrujados, criptas, fantasmas o monstruos, así como las tormentas y tempestades, la nocturnidad y el simple detalle truculento, todo ello surgido muchas veces de leyendas populares. La obra fundadora del gótico es El castillo de Otranto, de Horace Walpole (1765). Otras obras claves de esta corriente son Los misterios de Udolfo(1794), de Ann Radcliffe, El monje, de Matthew Lewis, publicada en 1796 y Melmoth el errabundo (1820), de Charles Robert Maturin. El Romanticismo exploró esta literatura, casi siempre inspiradora de sentimientos morbosos y angustiantes, que alcanzó su máximo desarrollo en el siglo XIX, a impulsos del descubrimiento del juego mórbido con el inconsciente.

Sin embargo, obras de pleno siglo XIX como Té verde, de Sheridan Le Fanu, Frankenstein, de Mary Shelley, El corazón delator, de Edgar Allan Poe, y, más adelante, Janet, Cuello Torcido, de R. L. Stevenson, Drácula, de Bram Stoker, El horla, de Guy de Maupassant, Otra vuelta de tuerca, de Henry James, etc., puede decirse que superan el terror gótico, pues no reúnen las citadas características. Salvo en casos excepcionales, tienden al formato corto del cuento en menoscabo de la novela; no se recurre a las monjas ensangrentadas, ni son elementos necesarios los aullidos espectrales y los truenos, rayos y centellas de tormentas; no tienen por qué transcurrir en escenarios ruinosos, castillos y monasterios medievales; los fantasmas que presentan no están "encadenados"; apenas tienen que ver con leyendas populares. Por lo tanto pueden considerarse ya como obras plenamente representativas del terror moderno que alcanzará a nuestros días, si bien en este punto la opinión de los críticos está dividida.

En los relatos góticos se advierte un erotismo larvado y un amor por lo decadente y ruinoso. La depresión profunda, la angustia, la soledad, el amor enfermizo, aparecen en estos textos vinculados con lo oculto y lo sobrenatural. Algunos autores sostienen que el gótico ha sido el padre del género de terror, que con posterioridad explotó el fenómeno del miedo con menor énfasis en los sentimientos de depresión, decadencia y exaltación de lo ruinoso y macabro que fueron el sello de la literatura romántica goticista.

El escritor romántico español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) incluyó en sus Leyendas algunos relatos de miedo muy meritorios como Maese Pérez, el Organista, El Miserere y El Monte de las Ánimas.

A fines del siglo XIX, Oscar Wilde tomó este subgénero con humor en su relato El fantasma de Canterville.

La escritora norteamericana Anne Rice, cuyas obras mezclan lo cotidiano con historias de vampiros y de erotismo oscuro, ha tratado de revitalizar, temáticamente, el terror gótico. H. P. Lovecraft, por su parte, lograría sintetizar en las primeras décadas del siglo XX la tradición que partía de lo gótico con la ciencia ficción contemporánea.


Características de la literatura gótica
Dentro de las características del movimiento gótico se encuentran:

Es melodramática, exagera los personajes y las situaciones con el fin de acentuar los efectos estéticos.
El autor crea un marco sobrenatural que facilita el terror, el misterio y el horror.
Existencia de lugares solitarios y espantosos que subrayan así los aspectos más grotescos y macabros de la producción.
Exaltación de la relación entre terror y éxtasis.
Embellecimiento de la muerte como un deseo por el dolor.
Importancia de escenario arquitectónico, para enriquecer la trama; las sombras y contornos de luz delimitan espacios y recrean sentimientos melancólicos.
Referencias a la locura, falta de raciocinio, bestialidad y demás situaciones inhumanas o sobrenaturales.
La polarización del bien y el mal, este último siendo interpretado por un hombre cruel que hará las de villano
El arte gótico es la utilización de elementos oscuros

El terror moderno
El terror moderno es la etapa de la literatura de terror que se desarrolla ya a partir de la primera mitad del siglo XIX por obra de precursores, como el norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) y el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), cuyas aportaciones, especialmente el llamado terror psicológico, supusieron una profunda transformación de la literatura de terror gótico anterior, de raíces estrictamente románticas, y que, como se ha visto, utilizaba como principal recurso el "susto" y otras técnicas que hoy podrían pasar por anticuadas y rudimentarias.


Historia
Ya en las postrimerías del siglo XIX el cuento de horror o de fantasmas experimentaría nuevamente un gran avance a resultas de las aportaciones de los grandes cultivadores que encontró esta modalidad en Inglaterra (alguno sería de otra nacionalidad, como el francés Guy de Maupassant), en la época victoriana y eduardiana. Autores como Robert Louis Stevenson, M. R. James, Henry James, Saki (Hector Hugh Munro) y Arthur Machen, entre otros, ejercerían una profunda renovación de estilos, temas y contenidos que, ya en pleno siglo XX, acabaría desembocando en el último autor mayor del género: el norteamericano Howard Phillips Lovecraft (1890-1937). Con él, el género macabro experimentaría nuevamente un giro de 180 grados.

Este autor, cuyo principal referente, según él mismo confesaba, era su compatriota Poe, fue el creador del llamado "cuento materialista de terror" (por oposición al "espiritualismo" a ultranza propio del relato de fantasmas tradicional). Introdujo, además, en el género elementos y contenidos propios de la naciente ciencia-ficción, lo que tendría amplias repercusiones en toda la literatura y el cine posteriores. Lovecraft, orientándose en principio a partir de las subyugantes fantasías que le proporcionaba su propio mundo onírico, supo conciliar éstas con las enseñanzas de autores de su predilección como Poe, Lord Dunsany, Ambrose Bierce, Algernon Blackwood y William Hope Hodgson, lo que dio como resultado la asombrosa invención de una nueva mitología pagana, los Mitos de Cthulhu, a través de la cual logró dar cumplida expresión a los muchos terrores y obsesiones que anidaban en su personalidad enfermiza. Sin embargo, en ocasiones se ha achacado a Lovecraft un estilo encorsetado, abundante en adjetivos y fórmulas repetitivas, que hace que sus argumentos pueden predecirse con facilidad a medida que el lector asimila la técnica del autor.

Es necesario mencionar en este punto al grupo de autores que acompañó a Lovecraft en su alucinante periplo literario, publicando relatos en la famosa revista norteamericana Weird Tales, unos pertenecientes al Círculo de Lovecraft y otros independientes: Robert Bloch, Clark Ashton Smith, Fritz Leiber, Frank Belknap Long, Henry Kuttner, Seabury Quinn, August Derleth, Robert E. Howard, Donald Wandrei, etc., algunos de ellos, a juzgar por la opinión de los críticos, de valores literariamente discutibles.

Uno de los modelos de Lovecraft es el autor inglés, ya citado, William Hope Hodgson al cual se considera un precursor del género de terror materialista creado por aquel. Nacido en 1875 y muerto en 1918, su obra "La casa del fin del mundo" narra en primera persona las peripecias del habitante de una pequeña aldea irlandesa que es raptado por unos seres mitad hombres, mitad bestias, y transportado a otra dimensión.

Pero el escritor que gran parte de la crítica sitúa al lado de Poe, Lovecraft y Maupassant en el panteón de ilustres cultivadores del miedo, es el norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914?), quien a través de contundentes filigranas como Un terror sagrado, La ventada cegada y La cosa maldita se evidenció como maestro absoluto en la recreación de tensas atmósferas desasosegantes en medio de las cuales estalla de pronto un horror absorbente y feroz.

El tópico del hombre lobo fue introducido en el género por Guy Endore, con su novela "El hombre lobo en París", 1933.

La última hornada del género de terror cuenta con figuras poco relevantes, en el mundo anglosajón, supuestos confesos de los Poe, Lovecraft, Bierce y compañía, como Stephen King, Ramsey Campbell y Clive Barker, autores de gran número de best-sellers, algunos de los cuales han sido adaptados con éxito al cine. En los últimos años, la producción de este género se ha trasladado, en gran parte, desde el campo de la literatura al de la cinematografía, la historieta, la televisión y los video-juegos, dando origen a un nuevo subgénero de terror, el gore, que caracterizado por un gusto por lo sangriento y la casquería.